Brumas plateadas cubren las inventadas colinas, dejan pasar tenuemente la luz falsa que ilumina el paisaje con cara de hierros y cristales.
Niebla que calla el grito moribundo del imperio, ese que languidece en medio de sus propios prejuicios.
Niebla, partículas diminutas de rocío, intentas vagamente cubrir la mitad de tus líricas campañas de guerra, enarbolando paz. Niebla que invita a abrir las tumbas de los soldados pendejamente caídos.
Niebla, extensión del cielo que va pintando de blanco la solidaridad fingida.
Geografía del miedo, cartografía de una conciencia mutilada, donde los imperios envejecen aferrados a la geometría de sus espadas, y África continúa pagando una deuda que nunca contrajo, mientras Europa, en el espejo de sus fronteras, confunde la memoria con el privilegio de haber sobrevivido a sus propias matanzas.
Niebla sobre Haití, donde la historia parece condenada a repetirse en los pliegues de una herida, y el porvenir se disputa entre los escombros de la soberanía.
Oriente, donde la tierra guarda bajo sus párpados de piedra la antigua disputa entre Dios y los hombres. ¿Quién redacta la moral de los vencedores? ¿En qué tribunal del universo se absuelve a la muerte cuando lleva uniforme de patria y la razón de Estado por conciencia? Y esa neblina que apena y oculta bajo la espuma un sueño que, con el paso de las estaciones, se vuelve pesadilla.