El armario sigue abierto; tus vestidos cuelgan inmóviles, a la espera de un cuerpo que no regresa.
El perro evita el pasillo; desde el día de tu partida se queda mirando la puerta con esa tristeza que no sabe explicar.
Hoy puse dos platos en la mesa —costumbre que hiere— y quedé frente al tuyo con la mirada perdida, buscando un gesto que ya no existe.
La casa guarda un hueco que late, una corriente helada en los muros recordando tu ausencia en cada objeto que dejaste.
Tu cepillo duerme junto al mío, tus cosas permanecen en su lugar. El tiempo no se atreve a tocarlas; tampoco mis manos, que retroceden ante esa frontera donde aún te encuentro.
La casa guarda un hueco que late, y una grieta se abre en mi pecho cuando intento pronunciar tu nombre. Tú rondas los cuartos con la forma tenue de los que parten pero no terminan de irse.
A veces repito tu despedida para contener la tormenta interna; y pienso que cerrar tu armario equivaldría a apagar la última luz donde aún te busco.
Por eso sigue abierto, porque hay amores que mueren y todavía respiran en lo que tocan; y hay ausencias tan hondas que se quedan para siempre.