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Desde mi ventana
la nieve cae despacio,
como si el cielo quisiera
lavarse las manos.
Todo parece tranquilo
detrás del vidrio empañado,
pero el mundo anda herido
y nadie sabe hasta cuándo.
Desde mi ventana veo
un mundo que se desordena:
hay ciudades bajo el fuego,
hay madres cruzando fronteras.
Hay hombres buscando un puerto,
dejando atrás sus iglesias,
sus muertos, sus documentos,
sus nombres y sus tristezas.
Y mientras nieva en la calle,
arde la tierra por dentro;
el clima cambia sus leyes
y nosotros cambiamos de tema.
Desde mi ventana miro
las luces de los teléfonos:
muchachos viviendo encerrados
en mundos que no conocemos.
Hablan con máquinas nuevas,
les cuentan sus pensamientos,
y quizás llegue una hora
en que una máquina comprenda
mejor al hombre que el hombre.
La inteligencia artificial
ya aprende nuestros caminos,
pero todavía no sabe
por qué matamos al vecino.
Qué extraño futuro nos toca:
tantas máquinas pensando
y tantos hombres huyendo
de aquello que están pensando.
Desde mi ventana nieva.
Y en cada copo que cae
veo un pedazo del mundo
que todavía no se ha roto.
Pero también veo el mañana
asomándose a lo lejos,
con sus preguntas difíciles
y sus caminos inciertos.
No sé qué mundo dejaremos
a los que vienen detrás;
quizás un planeta más frío,
quizás un planeta sin paz.
Por eso miro la nieve
antes de cerrar la ventana.
Hay belleza en lo que cae,
pero también hay una advertencia:
todo aquello que parece eterno
puede desaparecer mañana.
Y mientras la nieve sigue,
blanca, cayendo del cielo,
me pregunto desde mi ventana
qué mundo encontrarán mis nietos
cuando levanten los ojos
y miren por la suya.