Desde mi ventana la nieve cae despacio, como si el cielo quisiera lavarse las manos. Todo parece tranquilo detrás del vidrio empañado, pero el mundo anda herido y nadie sabe hasta cuándo. Desde mi ventana veo un mundo que se desordena: hay ciudades bajo el fuego, hay madres cruzando fronteras. Hay hombres buscando un puerto, dejando atrás sus iglesias, sus muertos, sus documentos, sus nombres y sus tristezas. Y mientras nieva en la calle, arde la tierra por dentro; el clima cambia sus leyes y nosotros cambiamos de tema. Desde mi ventana miro las luces de los teléfonos: muchachos viviendo encerrados en mundos que no conocemos. Hablan con máquinas nuevas, les cuentan sus pensamientos, y quizás llegue una hora en que una máquina comprenda mejor al hombre que el hombre. La inteligencia artificial ya aprende nuestros caminos, pero todavía no sabe por qué matamos al vecino. Qué extraño futuro nos toca: tantas máquinas pensando y tantos hombres huyendo de aquello que están pensando. Desde mi ventana nieva. Y en cada copo que cae veo un pedazo del mundo que todavía no se ha roto. Pero también veo el mañana asomándose a lo lejos, con sus preguntas difíciles y sus caminos inciertos. No sé qué mundo dejaremos a los que vienen detrás; quizás un planeta más frío, quizás un planeta sin paz. Por eso miro la nieve antes de cerrar la ventana. Hay belleza en lo que cae, pero también hay una advertencia: todo aquello que parece eterno puede desaparecer mañana. Y mientras la nieve sigue, blanca, cayendo del cielo, me pregunto desde mi ventana qué mundo encontrarán mis nietos cuando levanten los ojos y miren por la suya.