lyrics
Hoy,
caminé con la aurora,
tratando de descifrar el enigma de la hora,
quitarle sus certezas,
desarmarlo pieza a pieza
y volverlo a juntar dentro de mi cabeza.
Salí a la calle delirante,
filósofo de esquina, pensador ambulante,
hablándole a mis contradicciones,
negociando con mis propios pensamientos.
Envidié a esos mendigos
que cargan lo poco que poseen,
y aun así parecen libres
de las cosas que otros persiguen.
Ellos ríen.
Nosotros hacemos cuentas.
Ellos saben dónde dormirán esta noche.
Nosotros seguimos buscando
algo que quizá ni siquiera sabemos nombrar.
Hoy dejé que las horas decidieran,
solté el mapa, dejé que sucediera.
El futuro es una promesa aventurera:
uno firma sus planes,
pero la vida nunca firma por fuera.
Camino.
Eso es todo.
Tal vez vivir consista en eso:
dar un paso,
luego otro,
aunque el sentido se esconda
detrás de cada recodo.
Una ráfaga despeinó mi cabello
y también mis pensamientos.
Me gustó aquella lección:
hasta las certezas pierden el equilibrio
cuando cambia la dirección.
Las calles eran las mismas,
pero parecían distintas.
Los edificios, los rostros, los negocios,
todo estaba en su sitio.
Quizás el cambio estaba en mí.
Quizás envejecemos lentamente
hasta mirar el mismo paisaje
con otra mente.
Y por eso escribo.
Pongo sobre el papel
lo que fui,
lo que quise ser,
y ese hombre que todavía
trato de comprender.
Cada palabra abre una herida,
cada renglón cambia la medida.
Hago caligrafía con la vida,
una confesión escondida
entre tinta y filosofía.
Pensé en tantos que llegaron aquí
con un país entero dentro del pecho,
aprendiendo otro idioma,
otro paisaje,
otra manera de esconder los fracasos.
También inventé futuros
que jamás ocurrieron.
Mordí el presente
esperando lo que nunca llegó.
Llené mi cabeza de conceptos,
teorías, preguntas y argumentos,
hasta convertirla en un cuarto pequeño
para tantos pensamientos.
Entonces comprendí:
pensar demasiado
también puede ser una manera de perderse.
Y seguí caminando,
ensimismado,
preguntándome si iba hacia algún lugar
o si simplemente me estaba alejando.
Hasta que un policía
me tocó el hombro.
Lo miré.
Señaló hacia adelante.
—¡Mire, poeta!
Hizo una pausa.
—El semáforo está verde.
Miré.
Verde.
—Cruce —me dijo—,
y siga su camino.
Y crucé.
Por primera vez en todo el día,
dejé que el instante decidiera.
Crucé.
Y entendí que quizá vivir sea eso:
mirar que está verde,
dar el paso,
seguir derecho,
y aceptar que para continuar el viaje
a veces basta con saber
que llegó la hora de