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La noche se vuelve larga, el silencio es una losa,
le pido a Dios, que me lo cuide en la fosa.
Que las rejas no le pesen, que el frío no le lastime,
que Dios guarde a mi niño del dolor que lo comprime.
Cada noche es mi desvelo, frente a un altar encendido,
le rezo al cielo sin alivio por el hijo que he perdido.
No hablo de muerte, hijo mío, hablo de muros y alambre,
de este vacío en el pecho que me está matando el hambre.
Y me tortura el pasado, el “qué pude haber hecho yo”,
busco mi culpa en el barro, donde el camino se torció.
Quise ser tu salvavidas, tu guía, tu luz, tu calma,
y ahora el hierro de esa celda, se me ha clavado en el alma.
Siento que fallé al destino, que no supe protegerte,
y ese remordimiento es mi sentencia de muerte.
Sueño que el tiempo se para en el vis a vis,
dos horas de un abrazo que me hacen vivir.
Que se apague la sombra, que llegue la luz,
que yo cargo contigo, mi niño, tu cruz.
Llega el domingo y yo pongo mi mejor cara,
pero por dentro hay una pena que no para.
45 minutos fingiendo que todo está bien,
ocultando que todo va mal.
Te veo tan solo ahí dentro, en la oscuridad,
buscando el consuelo de la libertad.
Sé que te sientes solo, que el silencio es un castigo,
pero aunque el mundo te olvide, yo estoy
presa contigo.
Pido luz en tu sombra, calor en tu frío…
Que no se me pierda el rastro de mi niño.
La justicia es de acero, pero mi amor es fuego.
Mañana será otro día… y empezaremos de nuevo.
Te amo hijo mío, nunca olvides que aquí
o en otra vida siempre me tendrás. ♡