Letra
EL ALACRÁN DE BÉTERA (Letanía Negra)
Dicen que en Bétera no duerme la tierra.
Que hay pasos viejos bajo el azahar.
Que un hombre camina con sombra de piedra
y ojos que aprendieron a no parpadear.
Setenta y cuatro inviernos le cubren la espalda.
Nació en Catarroja, año cincuenta y uno.
En casa de símbolos, escuadra y balanza,
donde el silencio era ley y ayuno.
Creció entre susurros de logias cerradas,
juramentos sin luz, metal y compás.
Aprendió que hay puertas que nunca se abren
y nombres que no deben pronunciar.
En Sueca guardó la casa modernista,
polvo y papeles de un sabio mortal.
Custodio de libros, centinela de tinta,
mientras Joan Fuster miraba el mar.
Pero en el noventa y dos se quebró la llama.
Campanas huecas. Aire sin voz.
Y algo quedó flotando en la estancia:
un secreto más viejo que Dios.
Dos meses antes del intento oscuro,
del grito ahogado que nadie explicó,
el Alacrán —cuarenta y un años—
rompió su silencio y confesó.
Ante el Fantasma de Catarroja,
entre salitre, sombra y cal,
habló de páginas manchadas de historia,
de Blasco Ibáñez y su tempestad.
No eran novelas. No eran metáforas.
Eran heridas bajo el papel.
Atrocidades cosidas con gloria,
pecados que nadie quiso leer.
Coetáneo del Doctor Papaya,
rostros cruzados en piedra y sal,
mil novecientos ochenta y uno,
monasterio del Puig, ritual.
Velas negras, claustro cerrado,
la Organización marcó su señal.
Un pacto sellado con miedo antiguo.
Un juramento imposible de anular.
Hoy cuando el viento roza Bétera
y el azahar huele a funeral,
dicen que un hombre afila memorias
como aguijones de metal.
Porque el alacrán no olvida.
Porque el alacrán no absuelve.
Porque hay verdades que esperan décadas
antes de atreverse a morder