Después de haber trabajado muchos años, un día nos llega la jubilación. A la algarabía de los primeros días y la sensación de libertad, le sigue una cierta desazón.
A medida que el tiempo va transcurriendo, nos vamos adaptando a este nuevo estado de vida. Nos damos cuenta que ya no necesitamos apurarnos, que no debemos ir a ninguna parte y que nos volvimos dueños de nuestro tiempo. A la primera etapa de activismo desenfrenado, le sigue una etapa más relajada; en la que nos percatamos de que las nuevas rutinas que creamos son flexibles y se ajustan a nuestro deseo y estado de ánimo.
Diseñamos proyectos y nos trazamos nuevas metas que guiarán nuestros caminos en los próximos años de vida. Nos detenemos cuando necesitamos hacerlo y retomamos la marcha cuando el instinto de vida nos impulsa. Nos atrevemos a pensar, a decir y a hacer sin filtros. Nos sentimos más allá del bien y del mal, porque no necesitamos rendir cuentas a nadie, sólo a nosotros mismos.
Añorar el pasado no nos aporta nada, porque ya no volverá. Mirar hacia el futuro y ponernos a pensar: ¿qué voy a hacer hoy?, ¿qué tengo que aprender?, ¿hasta dónde quiero llegar?; es la tarea que nos ocupa en esta etapa de nuestra vida.