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Me levanto con el ojo izquierdo en huelga,
el volante me mira como un perro filósofo,
llevo 42 paquetes y un demonio pequeñito
mordiéndome el codo con fe logística.
La radio dice “entrega garantizada”,
pero yo oigo “entierra tu alma y sonríe”.
El chalé brilla como un riñón recién lavado,
y el cartel en boli azul dice
NO FUNCIONA EL TIMBRE
(es la frase más honesta de todo el planeta).
CERDOOOO SOY SUPER FURGÓNNNN,
el claxon grita en re menor,
Monty Python me saluda desde una zanja,
llevo en el asiento una mandarina con fe,
y tres Cacaolats conspirando contra Dios.
Tofuuuu del infierno, Dolpetí Nutennn,
GORTI el manchegaaaaaa,
¿por qué piden piedras de mechero
si tienen piscina de lágrimas y wifi de unicornio?
ÑUTEEEEN la tontooo dormitorio,
mi coche es plegable y mi alma también.
TOOOOSTEEEEEEER FOOOOOOOOOOOOO,
la app me vibra en el páncreas,
el paquete número 666 me guiña el ojo,
y un perro con nombre de país me ladra en verso.
El cliente me mira con la cara de “gracias, máquina”,
y yo le escupo poesía en la mirada:
“tu timbre roto es mi religión,
tu pedido absurdo mi condena con tracking”
POPOROOO POPOTIIII,
ZOLTÁN el serio me firma con un tenedor,
mi furgoneta canta ópera,
el GPS me llama por mi segundo nombre:
“Volvo, el derretido”.
Futóoooon futóoooon,
entrego el último paquete en el buzón del universo,
la luna me da tres estrellas y un comentario:
“ha llegado tarde, pero qué arte