كلمات
Hoy, caminé con la aurora, tratando de descifrar el enigma de la hora, quitarle sus certezas, desarmarlo pieza a pieza, y volverlo a juntar dentro de mi cabeza.
Salí a la calle delirante, con una filosofía que ni yo mismo entendería, hablándole a mis contradicciones, negociando con mis propios pensamientos.
Envidiando a esos mendigos que llevan encima lo poco que poseen, y parecen vivir con una libertad que nosotros, los sensatos, hemos perdido persiguiendo cosas que mañana quizá ni nos llenen.
Ellos ríen. Nosotros hacemos cuentas. Ellos saben dónde dormirán esta noche. Nosotros ni sabemos qué buscamos, pero seguimos corriendo detrás de aquello que nunca alcanzamos.
Hoy, dejé que las horas decidieran por mí. Anduve sin brújula, dejé el mapa, y solté esa absurda seguridad con que solemos dibujar el futuro para luego descubrir que el futuro jamás firma nuestros contratos.
No sé dónde terminará mi cuerpo cuando el sol se vaya detrás de los edificios, ni quién seré entonces, ni si quedará dentro de mí alguien capaz de reconocer al hombre que fui.
Camino.
Eso es todo.
A veces pienso que la vida consiste precisamente en eso: avanzar sin comprender del todo por qué seguimos dando pasos.
Quizás la respuesta no está adelante, quizás está en el trayecto, en seguir respirando, en aceptar que vivir también significa equivocarse de camino y continuar andando.
Una ráfaga jugó con mi cabello, desordenándolo todo.
Hasta mis pensamientos terminaron despeinados.
Y quizás por eso me gusta.
Hay días en que una ráfaga basta para demostrarle a uno que sus certezas no estaban tan bien amarradas.
Hoy, las calles de siempre parecían distintas.
Los mismos edificios, los mismos rostros, los mismos negocios, pero algo había cambiado.
Tal vez era yo.
Tal vez las calles nunca cambian y somos nosotros quienes envejecemos despacio, hasta mirar el mismo lugar con otros ojos, con otra herida, con otro pasado.
Y por eso escribo.
No aspiro a salvarme, ni persigo respuestas.
Escribo porque algunas cosas, cuando permanecen demasiado tiempo dentro de uno, comienzan a pesar y terminan por ocupar el espacio que debería respirar.
Ponerlas sobre el papel es hacerles espacio, darles un lugar, sacarlas del pecho para poder continuar.
Amanecí lúcido y pasé buena parte del día tropezando con los espejismos que fabrica la mente.
Me sentí filósofo, loco, extranjero, hombre perdido en una ciudad que conoce de memoria.
Pensé en tantos que llegaron aquí con un país entero dentro del pecho, y terminaron viviendo a medias, aprendiendo otro idioma, otro paisaje, otra forma de esconder las derrotas.
Pensé en los sueños que tuvieron, en las promesas que hicieron, en las pequeñas renuncias que nadie registra, pero que poco a poco van cambiando una vida.
También yo inventé futuros que jamás ocurrieron.
Mordí el presente mientras esperaba algo que todavía no existía.
Llené mi cabeza de conceptos, de teorías, de preguntas, hasta convertirla en un cuarto demasiado pequeño para todo lo que quería guardar.
Y